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Bacanal y circo romano, en eso se ha degenerado la Huamantlada

Si don Raúl González, don Eduardo Bretón González, don Manuel de Haro Caso, don Sabino Yano Sánchez y don Enrique Cervantes Aragón vivieran, seguramente ya se habrían palmado otra vez y enterrados hasta boca abajo –que me disculpen sus familiares- al darse cuenta en la imbecilidad en lo que se ha convertido su idea de generar un encierro de toros callejero como estrategia para atraer visitantes y potencializar la feria de Huamantla.
La Huamantlada, como ahora se conoce, es una especie de circo romano en donde propios y extraños llegan a pagar importantes sumas de dinero solo por el morbo de ver cuántas personas resultan cornadas, cuántos mueren y cuántos metros de asfalto quedan tintos pero de sangre humana.
Hasta dónde la insensibilidad de unos y otros han permitido que hasta 300 mil personas, dicen las autoridades, hagan de este festejo callejero un bacanal en el que ya nada importa su majestad el toro de lidia, sino los intereses económicos de algunos por llevarse cientos de miles de pesos.
Lo ocurrido en los últimos 10 años, al menos, hacen necesario reflexionar y considero, cambiar esta “tradición” que se ha degenerado y en la que nada de taurino ya prevalece, a no ser porque hay 28 toros –en esta edición- que corren, embisten y golpean a cuanto guiñapo alcoholizado sale a su encuentro.
En 1954 fue realizado por primera ocasión este festejo, por la visión del ganadero de Piedras Negras, don Raúl González González, quien regresaba del viejo continente después de presenciar los famosos encierros que se hacen en honor a San Fermín, en Pamplona, España.
Sin embargo, como ocurre y degeneró en lo que el pasado sábado presenciamos, este encierro no fue ideado por el amor a la fiesta de los toros, sino como una acción para atraer a los turistas, ante el cierre, desde 1942, de la conocida entonces Casa de Juego, en la que había peleas de gallos, juegos de azar como la ruleta y que atraía a muchos visitantes de la zona centro del país.
Fueron seis toros los que se corrieron en aquella prime ocasión, la cual estuvo a punto de cancelarse por la oposición del entonces gobernador Felipe Mazarrasa, quien responsabilizó a su cuñado Miguel Corona y al doctor Alfonso Goya, quienes participaron en la organización, por si algo pasaba en dicho festejo.
Así como el interés económico fue el impulsor de ese encierro, es el mismo interés económico el que le empieza a dar la puntilla o al menos, unos pinchazos que le ha asestado, porque ahora no interesa cuidar el festejo, sino los dividendos que ello conlleva.
Las empresas cerveceras, me han confiado los que saben, llegan a vender en torno solo a la suelta de los toros en la Huamantlada, más de un millón de latas de sus productos alcohólicos. Si hacen cuentas, las ganancias son millonarias, como también lo debe ser la inversión que hacen éstas para lograr componendas a fin de no impedir su actividad comercial y si es posible, incrementarla.
Si a esa actividad sumamos la venta de otro tipo de bebidas, como licor, refrescos, y otras viandas, aunado a la renta de espacios –gradas, azoteas, burladeros, así como estacionamientos- para ver ese denigrante espectáculo en la que lo tienen sumido, el circulante de dinero es en millones de dólares y no es exageración.
Quizá por ello la reticencia a modificar y reglamentar ese bacanal y circo romano en la que está asumida la Huamantlada. Es tiempo, pues de lo contrario, bajo las condiciones en las que ocurre en la actualidad, sería mejor desaparecerla.

Juan Luis Cruz
Juan Luis Cruz
Juan Luis Cruz Pérez. Originario de Teziutlán, Puebla. Egresado de la Universidad del Altiplano, ha laborado en diversos medios de comunicación impresos y electrónicos. En dos periodos ha sido presidente de la Unión de Periodistas del Estado de Tlaxcala.

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