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Rodolfo Rodríguez El Pana, a un año de su partida

La vida de es de muchas circunstancias y él fue preso de las mismas. Un pan francés –nombre del toro verdugo- acabó hace un año con la vida de un tahonero que trascendió como torero, como es el caso de Rodolfo Rodríguez González El Pana.
Hoy se cumple su primer aniversario luctuoso, de aquella su partida, tras una larga agonía de 32 días. Junto con (San) Fernando de los Reyes El Callao, como le decía el propio Brujo de Apizaco y Jorge El Ranchero Aguilar, El Pana es de los hombres prodigios que ha dado esta tierra de Xicohténcatl.
Irreverente, locuaz, introvertido –cuando se desprendía de su creación, el personaje de El Pana, Rodolfo Rodríguez nació el 2 de febrero de 1952 en Apizaco. Fue el tercer hijo de ocho hermanos, cinco mujeres y tres hombres.
Rodolfo Rodríguez González confió a este reportero en una ocasión que su principal deseo cuando se fuera de la “más hermosa de las fiestas”, era no quedarse con la sensación de que dejó algo en el tintero de su corazón. Esa era su principal jindama –temor-, no trascender y lo venció, porque hoy a un año de su partida, la gente del toro lo recuerda y este viernes habrá actividades en su natal Apizaco, para recordarlo.
Lo conocí hace como 35 años, en mi natal Teziutlán, en donde era un ídolo. En aquellos domingos de feria, la plaza El Pinal, era insuficiente para verlo torear. Filas desde las 12 del día ya se hacían en la entrada principal, porque la gente quería ver a singular personaje, como sacado de una novela, en especial, la que escribió Luis Spota, titulada, Más cornadas da el hambre.
Desde entonces, debe reconocer, me impactó su forma de ser. Era torero desde la planta de los pies hasta el último de sus cabellos. Aunque, muchas veces confesó que se hizo torero y creo a El Pana por necesidad, por hambre, porque “no había para jamar –comer”.
Políglota, polémico, afamado por su debilidad hacia las mujeres y el alcohol, gelatinero, cargador, panteonero, donero, lavatrastos fueron algunos de sus oficios y dicharachero, hábil de pensamiento y de imaginativa, así fue Rodolfo, que no había torerillo a quien no bautizara. Los motes de toreros como El Zapata a Uriel Moreno, El Fierrerito a Marino Martínez, Gato Benito a José Luis Angelino, El Pausao a Guillermo Veloz, El Jorongo a Sergio Flores, El Mojito a Alejandro Lima, son algunos que él bautizó y a otros tantos personajes que en su momento renombró.
Rodolfo sólo estudió hasta el segundo grado de secundaria y se convirtió en torero por hambre, “había mucha necesidad en la casa y había que ayudar a la economía familiar”.
Su vida de chaval fue como la de millones de niños en México, quienes desde chiquillos van a ganarse “el chivo”, como el decía, para ayudar a los gastos de la casa. “Siete oficios 14 necesidades, fui cargador de bultos en la estación del ferrocarril y de canastas en el mercado Guadalupe de Apizaco, vendedor de hules en la temporada de lluvia, gelatinero, donero, panteonero y panadero, de ahí viene el apelativo, mote o remoquete de El Pana y también lavatrastes en Tijuana”.
Rodolfo Rodríguez comentó que con los recursos económicos que ganó cuando fue novillero, compró una casa a su madre, doña Alicia Rodríguez, su Jechu o Licha superstar, como le decía, quien pagó renta durante 57 años.
“Antes los toreros querían dedicarse a este oficio para comprar la casa a su madre, ahora tienen que vender la casa de la madre para ser toreros”, ironizó en una plática que hace algunos años tuvimos.
Su primera corrida fue en la población de Cuapiaxtla el 10 de agosto de 1968. Debutó en la Plaza México el 6 de agosto de 1978 y 30 años después, un 29 de febrero de 2008, lo hizo en España, en el Palacio de Vistalegre de Madrid, en un mano a mano con Morante de la Puebla, con quien ya se había medido semanas antes en la Plaza México, después de su resurrección como torero, con el milagro del 6 de enero de 2007, cuando en lo que sería su última tarde en esa plaza, resurgió el apizaquense.
Sin embargo, tras más de nueve años de nuevamente gozar de ese triunfo, el domingo 1 de mayo en Ciudad Lerdo, Durango, el toro Pan Francés, de Guanamé, le arrebató una vida que, en el transcurso de un mes y a pesar de los esfuerzos médicos, terminó por entregar la tarde del jueves 2 de junio de 2016.
Un torero de época, distinto ante un cúmulo de monotonía taurina, que este viernes será homenajeado -ojomeneado, como él decía en son de chunga y guasa- en su primer aniversario luctuoso.
Como parte de ese homenaje, reproduzco el que iba a ser el último brindis que El Pana haría en la plaza México, la tarde de su resurrección. Un brindis único e irrepetible, que describe lo que fue El Brujo de Apizaco para el mundo de la tauromaquia.
“Quiero brindar este toro, el último toro de mi vida de torero en esta plaza, a todas las daifas, meselinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis, putas, a todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron mi sed cuando El Pana no era nadie, que me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, base de mis soledades. Que Dios las bendiga por haber amado tanto. ¡Va por ustedes!”.

Juan Luis Cruz
Juan Luis Cruz
Juan Luis Cruz Pérez. Originario de Teziutlán, Puebla. Egresado de la Universidad del Altiplano, ha laborado en diversos medios de comunicación impresos y electrónicos. En dos periodos ha sido presidente de la Unión de Periodistas del Estado de Tlaxcala.

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