Si con llenar las plazas fuera suficiente para ganar elecciones, sin lugar a dudas Andrés Manuel López Obrador ya habría sido presidente de México; las elecciones se ganan con votos, estructuras y desde luego, dinero.
Y en el caso de Tlaxcala, Andrés Manuel tienen simpatía, pero no tiene ni votos, ni estructuras ni dinero y sí muchas personas que han buscado cobijo en él para lograr sus intereses más que personales, son de poder tanto económico como político.
La experiencia que ha dejado el político tabasqueño a su paso por Tlaxcala en materia electoral, hay que reconocerlo, ha sido prolífera, porque ha ganado los comicios de 2006 y 2012 en territorio estatal, lo que ha llevado a varios personajes a “arrimarse al manto protector” del ex jefe de Gobierno de la Ciudad de México.
Ejemplo de ello es que en su primera incursión presidencial, en el PRD, López Obrador ganó Tlaxcala e hizo senadores –aunque tenían su capital- a el ex gobernador Alfonso Sánchez Anaya y a la otrora secretaria de Finanzas y hoy diputada federal panista, Minerva Hernández Ramos, y de paso logró el triunfo en el distrito federal 03 para Alberto Amaro Corona.
Los resultados fueron todavía mayores en los comicios de 2012, porque ganó Tlaxcala a Enrique Peña Nieto y a la estructura partidista y gubernamental que encabezaba como coordinador de campaña el hoy diputado Mariano González Aguirre y con ello, se colaron al senador Lorena Cuéllar Cisneros y Martha Palafox Gutiérrez además de ganar los distritos 02 y 03 para Humberto Vega y Edilberto Algredo Jaramillo.
Los resultados para López Obrador han sido buenos, pero no le han alcanzado para ganar y alcanzar sus sueños.
Por ello, muchos, al conjuro de López Obrador se arremolinan y endulzan el oído al tabasqueño con la intención de lograr su bendición para los próximos comicios federales, aunque ahora se equivoca, el capital del que se ha hecho llegar, con contadas excepciones, son una especie de cartuchos quemados que van a ver “qué agarran”.
El error del político tabasqueño, además de su abierta confrontación con sectores estratégicos –ahora la trae en contra de las fuerzas armadas del país- ha sido confiar en los dichos de otros y en su ingenuidad.
Ejemplo de ello es que en Tlaxcala deslindó la organización del partido a la ex priista, ex petista y la todavía de Morena –aunque ya la ven fuera- Marta Palafox y vaya petardo que dio la señora. También mandó a Tlaxcala a Clara Brugada, que no hizo partido y solo se llevó prerrogativas y aniquiló estructuras.
Ahora ha hecho lo mismo, al mandar a su querubín y adorado hijo, Gonzalo López Beltrán a administrar la riqueza de Morena a Tlaxcala, pero debe saber que por control remoto es difícil guiar a las personas y mucho menos adoctrinar.
El partido Morena presume que tiene alrededor de 70 por ciento de sus estructuras en las secciones electorales, conformados por entre ocho y 70 militantes, ya tiene enlaces en los 60 municipios, en los 15 distritos electorales local y en los tres federales, solo que los tienen de membrete, no son tomados en cuenta en la toma de decisiones.
Las encuestas y preferencias electorales no lo son todo. López Obrador y sus compañeros de lucha, los de verdad, no los de interés, deben recordar que en 2006, de acuerdo con la casa encuestadora Parametría, López Obrador tenía una preferencia electoral de 36 por ciento del electorado, contra 27 por ciento que tenía Felipe Calderón y 26 por ciento que reflejaba Roberto Madrazo. Para junio de ese año, López Obrador y Madrazo se mantenían estables en la preferencia electoral, 37 por ciento y 27 por ciento, respectivamente, mientras que Calderón estaba en 33 por ciento. Un mes después, la elección presidencial la ganó Calderón, con menos de un punto porcentual de ventaja sobre López Obrador, que lo llevó a impugnarla y calificar al panista de “usurpador”.
Ni con plazas llenas ni con encuestas se ganan las elecciones, son con votos, estructuras y dinero.
























































