En México nada importa matar a periodistas. Por desgracia, el oficio de mis amores, el periodismo, lleva mucho tiempo siendo una profesión de alto riesgo, sin garantía laboral ni prestaciones, pero apasionante. No por nada el periodismo es la artillería de la libertad y la voz de quienes no la tienen.
Marzo negro y de impunidad para labor periodística nacional. Tres asesinatos de colegas, el más reciente el de mi compañera en La Jornada, Miroslava Breach Velducea, asesinada de ocho balazos al salir de su casa. Los criminales no solo querían matarla, querían también que se conociera que era un acto hecho con saña y brutalidad, por su labor periodística, pues dejaron el mensaje: “Por lenguona”.
Y es que, por casualidad –lo expreso con un dejo de ironía-, Miroslava investigó el presunto desvío de dinero público del ex gobernador del PRI de Chihuahua, César Duarte, vinculado al Banco Progreso, propiedad de él y su esposa y que habría sido financiado con recursos públicos.
En 2014, la periodista hoy muerta y que dejó en orfandad a un pequeño, también documentó que estando en funciones César Duarte, su gobierno canalizó depósitos y transferencias bancarias del presupuesto estatal hacia el banco del gobernador hasta por 500 millones de pesos.¿Casualidad?.
Al asesinato de Miroslava, la apasionada reportera y luchadora social en temas de equidad y género, se le suman los nombres de Cecilio Pineda en Guerrero y Ricardo Monliu en Yanga, Veracruz, también abatidos en este funesto mes en el que matar a periodistas pareciera un hobby.
Por desgracia de mi amado México y de mi adorada profesión –perdón por escribir en primera persona-, el tratar de acallar las noticias malas al matar a los periodistas no es nuevo. Para que nos demos una idea de lo que ha estado pasando, desde el año 2000 han sido asesinados 103 periodistas y en lo que va del sexenio de Enrique Peña Nieto ya van 30 colegas muertos.
Y lo peor del asunto es que en la mayoría de los casos, la ausencia de justicia ha sido la constante. Todo ha quedado en indicios y en detenciones sin que se hayan comprobado de manera fehaciente las responsabilidades de los asesinos. La inmensa mayoría de los casos ha quedado en el terreno de las presunciones.
Muestra de lo afirmado es que de acuerdo con la Fiscalía para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión (Feadle), en algo más de seis años -de julio de 2010 al 31 de diciembre de 2016- se registraron 798 denuncias por agresiones contra periodistas.
Pues bien, de esas querellas, de las cuales 47 fueron por asesinato, la Feadle informó, en respuesta a una solicitud de transparencia, que solo tiene registro de tres sentencias condenatorias: una, en el año 2012; y otras dos en 2016. O en otras cifras: el 99.7 por ciento de las agresiones no ha recibido una sentencia.
Con esta alta impunidad, el asesino, sus patrones y el sistema, saben que matar a un periodista es casi un deporte para el cual no se necesita ni permiso ni época de veda. Quien lo comete, autor material e intelectual, sabe que al perpetrar un atentado existe un aparato gubernamental que al final lo va a defender, con sus omisión y complacencia, ya sea porque pertenece a él o porque fue contratado ex profeso para matar.
Con esto, como lo expresó Javier Solórzano en su espacio de opinión, “somos un país cercano a ser un cementerio clandestino en el que además se mata a periodistas quedando todo en la impunidad. Los asesinos saben que no van a pisar la cárcel. ¿Dónde está el gobierno federal? ¿Dónde está el gobierno estatal? ¿Dónde está la solidaridad gremial? ¿Cuántos más? Parece que no nos damos cuenta de que todos estamos en el mismo barco”.
A pesar de ello, seguimos muchos en pie de lucha, por mí, por nosotros, por todos y como lo dijo el entrañable periodista y escritor, Gabriel García Márquez, “aunque se sufra como un perro, no hay mejor oficio que el periodismo” y por si acaso, concluyo esta colaboración, como tituló una de sus obras el colega veracruzano Pablo Espinosa: “si me han de matar mañana, lo redacto de una vez”.
Al margen… otra vez Morena
Anoche, Lorena Cuéllar Cisneros confirmó su salida de la bancada del PRD –partido que le dio la nomenclatura para competir en 2012- y es casi un hecho que su apoyo a las aspiraciones presidenciales de quien la hizo senadora, Andrés Manuel López Obrador, no serán de facto. Llegará a Morena para apoyar esas luchas y de paso, buscar nuevo cobijo a sus anhelos políticos. Ya renunció a su militancia priista, ahora a la perredista, ¿habrá más?
























































