Para corromper, se necesita quien corrompa. Los hombres de negocios son muy proclives a tratar de resolver sus complicaciones a partir de las negociaciones extra legales. Por eso, el que Tlaxcala está asumida en la corrupción es un problema de todos.
Los hombres de negocios son muy buenos para repartir culpas y responsabilidades; señalan e imputan a los diversos niveles de gobierno de promover la corrupción en el ejercicio de sus funciones.
Pero en los hechos, los empresarios no asumen la propia corresponsabilidad, de ahí que de los resultados de la Encuesta Nacional de Calidad Regulatoria e Impacto Gubernamental en Empresas (Encrige), ellos son parte fundamental de la grave situación que enfrenta la entidad, en donde ellos, al menos en un 84 por ciento, dicen haber percibido actos de corrupción, de parte de los servidores públicos durante 2016.
Para nadie es secreto que muchos de los hombres de negocios invierten, por ejemplo, en campañas electorales. Son apostadores de la ruleta electoral para tratar de beneficiarse de los resultados de la contienda. Su participación no es de gratis, porque ven en ésta la posibilidad, como buen empresario, de incrementar sus dividendos, su riqueza.
La obra pública es una de las áreas más socorridas en esa práctica. Moches o diezmo, como usted guste llamarlo, son una práctica que como dice el adagio popular: “Peca quien mata la vaca como quien le agarra la pata”.
Ahora se habla que en Tlaxcala el diezmo, en muchos de los casos ofertados por los propios empresarios, se ha convertido en un 15 por ciento respecto de los movimientos económicos que se hacen. Cuentan que los montos de dichos porcentajes se divide en tres sobres: 5 por ciento dividido en partes iguales en dos sobres y uno más en donde hay 10 por ciento.
Para quién será ese “tributo”. No lo sé, pero seguro no es para ninguna de las iglesias de la diócesis de Tlaxcala, que por cierto no les hace falta.
Los actos de corrupción más frecuentes, según el estudio del Inegi, fueron por agilizar trámites, evitar multas o sanciones, obtener licencias o permisos, evitar la clausura del establecimiento, pagar menos impuestos, evitar inspecciones, obtener un servicio, ganar contratos gubernamentales y participar en licitaciones.
Seguramente, por el monto que ello representa, son estas dos últimas conductas las que generan mayores desembolsos para quienes lo ofrecen y desde luego, jugosas ganancias para quienes los reciben.
Un estudio del Instituto Mexicano de la Competitividad (Imco), denominado, “La corrupción en México, tranzamos y no avanzamos”, da cuenta que 63 por ciento de los empresarios consideran que forma parte de la cultura de negocios en el país; además que la mitad de las empresas reconoce haber pagado un soborno y que todos los años se registran más de 200 millones de pequeños actos fraudulentos.
Por ello, para corromper, se necesita quien corrompa. No defiendo a los servidores públicos, desde luego que no, pero los hombres de negocios, en su mayoría, tampoco son unas damas descalzas o de la caridad, porque ellos ven en esos embutes una inversión que al futuro les redituará muchas ganancias.
























































