La semana pasada hablamos sobre la eliminación de las pensiones para los expresidentes de México y del monto que recibían, el cual es del orden de los 205 mil 122 pesos al mes -más otros conceptos que se les pagan-, cantidad que se encuentra muy por encima de lo que reciben mujeres y hombres pensionados en nuestro país.
De acuerdo a información de la Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro (Consar), el sistema de pensiones en México atraviesa por una crisis muy fuerte, y además se encuentra disperso en diversos esquemas que ofrecen beneficios pensionarios desproporcionados entre sí.
Es decir, en nuestro país, no toda la población es medida con la misma vara, pues hay notables diferencias entre los esquemas de trabajadores del sector público y privado, el mismo monto de la pensión de los ex mandatarios mexicanos lo demuestra, o bien el caso de personas que han trabajado para empresas paraestatales como PEMEX o en universidades públicas como la UNAM, cuya pensión –principalmente de cargos directivos-, es muy alta si la comparamos con la de quienes han sido obreros.
Y si hablamos de diferencias, éstas se acentúan más entre mujeres y hombres pensionados.
De acuerdo a un estudio hecho por la Consar, titulado La equidad de género en pensiones: desafíos y posibles soluciones -presentado en febrero de 2018-, el lograr una adecuada equidad de género representa uno de los retos más importantes para los sistemas de pensiones en el mundo, ya que éstos tienden a reproducir las desigualdades de género existentes en los mercados laborales, y México no es ajeno a esta situación.
El estudio revela que las mujeres podrían enfrentar mayores dificultades que los hombres para alcanzar el requisito de las mil 250 semanas de cotización para obtener una pensión contributiva. Asimismo, evidencia que en México podría haber una brecha pensionaria significativa entre géneros que deriva de tres factores: las acotadas trayectorias salariales, la baja densidad de cotización y la mayor esperanza de vida que existe en las mujeres.
En este sentido, diversos estudios muestran, como las mujeres enfrentan importantes desventajas, ya que perciben salarios más bajos que los hombres y tienen mayor intermitencia en la participación dentro del mercado de trabajo formal, generalmente porque es más común que las mujeres abandonen sus empleos o que tomen trabajos que requieran jornadas más cortas para hacerse cargo de diversas responsabilidades familiares, como las tareas del hogar, cuidado de las y los hijos, de adultos mayores o de personas en condición de discapacidad, todo esto debido a que las mujeres mexicanas seguimos desempeñando un doble papel: el laboral y el familiar, pues continuamos jugando un rol preponderante dentro de las familias, lo cual no es precisamente una ventaja.
Lo anterior provoca que la población económicamente activa femenina, tenga menores tiempos de cotización que el género masculino y, por ende, que acumule un menor periodo de contribución. Los factores antes descritos inciden negativamente en el saldo previsional que podrán acumular durante su trayectoria laboral.
Al respecto es importante resaltar que el género femenino aporta el 77.2 por ciento del total del tiempo que los hogares destinan a dichas actividades, las cuales no son remuneradas ni generan derechos pensionarios.
Sin abandonar su rol familiar habitual, en las últimas décadas se ha registrado una mayor incorporación de las mujeres al mercado laboral. se debe reconocer que su creciente incorporación a éste, se ha realizado en condiciones de desventaja -mayor informalidad y menores salarios-; ello a pesar de que un número cada vez más alto de mujeres está siendo el principal sostén económico de las familias. Lo anterior, hace necesario prever cuáles serán las condiciones que enfrentarán las mujeres al llegar a la vejez y después del retiro laboral.
Cuando se promulgaron las primeras leyes sociales, en la década de los cuarenta, la participación de las mujeres representaba siete por ciento de la Población Económicamente Activa (PEA); en la década de los setenta dicho porcentaje había crecido a 19 % y en el primer trimestre de 2017 alcanzó el 38 por ciento; se estima que en 2050 casi la mitad de la PEA corresponderá al género femenino.
Como lo señalaba al inicio, la esperanza de vida de las mujeres es mayor que la de los hombres, lo cual implica que tendrán que financiar más años de pensión con un menor saldo acumulado en su cuenta individual. Por lo antes planteado, a nivel global, se corre el riesgo que las pensiones que reciban las mujeres al momento de su retiro sean sustancialmente menores que las de los hombres.
Por lo tanto, derivado de las condiciones del mercado laboral mexicano, un número importante de mujeres podría no contar con ingresos suficientes para enfrentar la vejez, una vez llegada la jubilación. Lo anterior se acentúa si tomamos en cuenta que un elevado y creciente porcentaje de hogares dependen, fundamentalmente, de los ingresos de una mujer (jefas de familia).
El estudio de la Consar subraya que como resultado de que las trayectorias salariales de las mujeres son menos favorables y del limitado número de aportaciones que realizarán a la seguridad social, de mantenerse las tendencias actuales, podría existir una brecha pensionaria importante entre géneros, hasta de un 43.2 por ciento en favor de la población masculina, lo que alerta sobre la necesidad de actuar a través de políticas públicas que ayuden a mitigar las brechas de género que existen en materia pensionaria.
El panorama anterior evidencia la desigualdad que se vive en México, y principalmente entre mujeres y hombres, si no se actúa de manera diferente la feminización de la pobreza se incrementará desafortunadamente y tendrá graves implicaciones sociales, pues las mujeres representamos más del 50% del total de la población en el mundo y en nuestro país.
*Red Nacional de Periodistas y Consultora independiente en periodismo, género y comunicación.
























































